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domingo, 4 de diciembre de 2011

Cuentos ajenos (XII)


La leyenda de la anjana traviesa

Cuenta una vieja leyenda recogida en los valles cántabros más cercanos a la Meseta que una anjana traviesa fue encantada por el hechizo de un ojáncano en ese momento del año en que las horas de luz diurna se igualan con las de penumbra.
La anjana traviesa paseaba por las sendas de los bosques y descansaba en las orillas de los manantiales y arroyos. Pero el hechizo efecto y se quedó profundamente dormida al pie del balcón de las rocas de la Cueva del Agua, muy lejos de su bosque cántabro. Al fondo, vigilaban quietos dos camellos de piedra que siguen, aún hoy, mirando de reojo los valles de Valderredible y las Hoces del Rudrón y del Ebro.
Dormida quedó la anjana contemplando ese paisaje; sus cabellos calleron precipicio abajo y de repente se transformaron en un cascada profunda y bulliciosa como la misma hada.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Cuentos ajenos (XI)

Foto Almudena Sanz
El pájaro y el sabio

Hubo una vez un hombre sabio en un pequeño pueblo de la vieja Castilla. Su bondad y conocimientos despertaban la envidia de mucha gente. Un día, unos vecinos urdieron un plan para engañarle. Atraparían a un pájaro vivo e irían a visitar al hombre sabio. Uno de ellos sostendría el pájaro detrás de la espalda y le preguntaría:
«Hombre sabio, ¿el pájaro está vivo o muerto? »
Si el hombre sabio respondía que estaba vivo, el vecino aplastaría rápidamente al pájaro y diría: «No, está muerto».
Si el hombre sabio decía: «El pájaro está muerto», el hombre le enseñaría el pájaro con vida.
Consiguieron los vecinos que el hombre sabio los recibiera.
El que sostenía al pájaro le preguntó: «Hombre sabio, ¿el pájaro está vivo o muerto?»
El hombre sabio permaneció en silencio durante unos instantes. Después se agachó hasta que quedó a la misma altura que el chico y le dijo: «La vida que sostienes está en tus manos».

martes, 15 de noviembre de 2011

Cuentos ajenos (X)

La última casa de madera
Un viejo carpintero decidió retirarse. Así se lo comunicó a su jefe que, aunque iba a extrañar su salario, necesitaba jubilarse y estar con su familia. Su jefe se entristeció mucho con la noticia porque aquel hombre era su mejor carpintero. Decidió pedirle de favor que le construyera una última casa antes  de dejar de trabajar.
El carpintero aceptó la proposición y empezó la construcción de su última casa pero, a medida que lo hacía, perdía la ilusión por hacerla. Arrepentido de haber aceptado la petición de su jefe, el carpintero no puso el esfuerzo y la dedicación que acostumbraba poner en el trabajo. Cada casa la había construido con gran esmero, pero ya estaba cansado y sentía que su jefe le había presionado para hacer una casa más.
Cuando el carpintero terminó la casa, el jefe vino muy contento y le entregó la llave de aquélla, diciéndole:  «Ésta es tu casa. Es mi regalo para ti y tu familia por tanto años de buen servicio». El carpintero sintió que el mundo se desvanecía bajo sus pies... Si tan sólo hubiese sabido que estaba construyendo su propia casa, lo hubiese hecho todo de una manera diferente.

lunes, 4 de abril de 2011

Cuentos ajenos (IX)

Cuando la luna empieza a crecer... 
es preciso conjugar los verbos en infinitivo

Pensar sin conocimiento,
volar sin alas.
Caminar sin pies,
observar sin perturbar,
escuchar sin interrumpir,
palpar sin crear incomodidad.
Disfrutar de una flor sin robarle su aroma.
Entrar en el interior de cada uno y ver esa realidad.
Romper la tarjeta de los horarios
y hacer un viaje hacia lo desconocido.
No desperdiciar la energía vital
en esfuerzos por mantener la máquina enorme
y ridícula de la auto importancia y productividad.

No sólo el silencio de afuera es necesario, también el silencio interior.
Sin el silencio, el alma no tiene claridad, no tiene luz.

domingo, 13 de marzo de 2011

Cuentos ajenos (VIII)

El muñeco de sal

Un viejo muñeco de sal llego cierto día a una playa después de andar y andar por tierras cálidas y por desiertos. Cuando llegó a la orilla del mar, quedó maravillado, pero no acertaba a adivinar que era aquella masa enorme de agua.
Le preguntó al mar: ¿Quién eres?; Soy el mar, respondió. Pero, ¿qué eres?, prosiguió el muñeco; Yo, le volvió a responder aquel trozo de océano. Pues no lo entiendo, replico el monigote.
Si quieres conocerme, le dijo el mar, tócame. El muñeco de sal, muy tímidamente tocó el mar con la punta de sus pies. Pero se asustó muchísimo al darse cuenta de que las puntas de sus pies habían desaparecido.
Mar, ¿qué me has hecho?, dijo entre sollozos el muñeco de sal. Sólo me estás comprendiendo, le replicó el océano. El monigote se quedó un tiempo largo pensando… y comenzó a deslizarse muy lenta y suavemente en las aguas. A medida que las olas lo atrapaban, poco a poco se iba deshaciendo hasta acabar diluido en la inmensidad del mar. En ese momento comprendió: yo soy el mar.

lunes, 21 de febrero de 2011

Cuentos ajenos (VII)


El reloj incompleto

El reloj de pared de la casa de mi abuela sólo era capaz de hacer ‘tic’. El ‘tac’ siguiente ya ni se oía. Y tampoco era tan viejo aquel artefacto. De niño me quedaba mirándolo horas y horas. Sus números romanos; su péndulo y la ranura ovalada con la que se le daba cuerda. Ni con todo el carrete completo era capaz de hacer ‘tac’.
Su armazón de madera oscura era la caja de resonancia perfecta. Pero yo era incapaz de adivinar porqué había dejado de hacer ‘tac’. En realidad, nadie sabía por qué; creo que el único que lo sabía era él. Y es que el péndulo tenía claro que debía ir de un lado para otro. Y las agujas, también conocían que debían recorrer toda la circunferencia del reloj.
El caso es que todo parecía estar en orden, pero no. Faltaba el ‘tac’ definitivo que cerrara el sonido perfecto del reloj.
En ocasiones, a las personas, nos falta el ‘tac’ definitivo que cierre nuestro sonido perfecto. Todo parece que funciona, como el péndulo del reloj o sus manecillas; incluso hasta nos suena el ‘tic’ inicial. Pero nos falta el ‘tac’. Cada uno tiene el suyo y hasta que no suene, dejaremos algo incompleto.

(Versión libre de otro cuento ajeno)

domingo, 13 de febrero de 2011

Cuentos ajenos (VI)

Le preguntó en cierta ocasión el joven aprendiz al maestro:
Maestro, ¿seré feliz?
El mentor respondo: Sí, feliz a ratos. Porque para conquistar la felicidad hay que vivir, a ratos, también la tristeza.
Pero el joven no quedó satisfecho con la respuesta y volvió a preguntarle: Pero maestro, ¿no dices que el fin de hombre es ser feliz? Yo quiero tener la felicidad completa, dijo con aires de soberbia.
El maestro sonrió. Dejó que su aprendiz relajara su humor y le replicó: ¿Has visto ese olivo que nos mira desde el patio? Tiene más de cien años. ¿Ves su tronco retorcido? Es síntoma de su madurez como ser vivo. Está sano y nos regala la vista con su porte. Le costó arraigar en el suelo; ha pasado cien inviernos sin perder la hoja en apariencia; pero ha mudado cien veces y cien veces ha renacido. Así es la felicidad, mudaremos cientos, miles de veces nuestros pesares que se convertirán, cien, mil veces, en proyectos de futuro; ahí está la felicidad, en la dicha de emprender siempre algo nuevo.

martes, 11 de enero de 2011

Cuentos ajenos (V)


El burro y el pozo

Ocurrió que un día el burro de una campesina se cayó en un pozo. El animal lloró y lloró durante varias horas, mientras la campesina trataba de averiguar qué hacer. Finalmente, decidió que el burro ya estaba viejo, el pozo estaba seco y además necesitaba ser tapado, así que pensó que realmente no merecía la pena intentar sacarlo de allí.

La mujer invitó a todos sus vecinos para que acudieran a ayudarla. Todos cogieron una pala y empezaron a echar tierra en el pozo. El burro se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y comenzó a gimotear con más fuerza. Pasado un tiempo, para sorpresa de todos los presentes, el animal se calmó.

Después de unas cuantas paladas de tierra, la campesina miró al fondo del pozo y se sorprendió de lo que vio... Con cada palada de tierra, el burro estaba haciendo algo increíble. Se sacudía la tierra y daba un paso hacia arriba.

Mientras los vecinos seguían echando tierra encima del animal, él se la sacudía y ascendía un paso más. Pronto todo el mundo comprobó con sorpresa cómo el burro llegó hasta la boca del pozo, pasó por encima del borde y se alejó trotando....

Y es que la vida, nos echará tierra, todo tipo de tierra... La clave para salir del pozo es sacudírsela y dar un paso hacia arriba. Cada uno de nuestros problemas debe ser un escalón más que vencer. Podemos salir de los más profundos huecos si nunca nos damos por vencidos y deseamos salir adelante.

Los que se dedican a escribir estas cosas, dicen que las reglas para ser feliz son seis:
Liberar el corazón del odio.
Liberar la mente de preocupaciones.
Vivir de forma sencilla.
Dar más.
Esperar menos de los demás.
Tener esperanza en el mañana.

viernes, 7 de enero de 2011

Cuentos ajenos (IV)


EL TARRO Y LAS PIEDRAS

Un profesor, delante de sus alumnos de la clase de filosofía, sin decir ni una palabra, cogió un frasco grande de vidrio y procedió a llenarlo con piedras. Después preguntó a los estudiantes si estaba lleno. Los estudiantes estuvieron de acuerdo en decir que sí. El profesor cogió una caja piedrecitas, como si fuera gravilla y la vació dentro el interior del frasco. La grava llenó los espacios vacíos que quedaban entre las piedras. El profesor volvió a preguntar de nuevo a los estudiantes si el estaba lleno, y ellos volvieron a contestar que sí.

Después el profesor cogió una caja con arena y la vació dentro del frasco. Por supuesto que la arena llenó todos los espacios vacíos y volvió a preguntar de nuevo si estaba lleno. En esta ocasión los estudiantes le respondieron con un sí unánime. El profesor, rápidamente añadió dos tazas de café al contenido del bote y efectivamente, llenó todos los espacios vacíos entre la arena.

Los estudiantes reían. Cuando la risa se fue apagando, el profesor dijo: “Quiero que os fijéis que este  frasco representa la vida. Las piedras son las cosas importantes como la familia, los hijos, la salud, los amigos, el amor, cosas que te apasionan. Son cosas que, aunque perdiéramos el resto y nada más nos quedaran éstas, vuestras vidas aún estarían llenas. La gravilla representa otras cosas que nos importan, como el trabajo, la casa, el coche.... La arena es el resto de las pequeñas cosas. Si pusiéramos primero la arena en el bote, no habría espacio para la grava ni para las piedras. Lo mismo sucede con la vida. Si utilizáramos todo nuestro tiempo y energía en las cosas pequeñas, no tendríamos nunca lugar para las cosas realmente importantes. Presta atención a las cosas que son cruciales para tu felicidad. Juega con tus hijos, concédete tiempo para ti mismo, para visitar al médico, ir a cenar con tu pareja, practica tu deporte o afición favorita. Siempre habrá tiempo para limpiar la casa, o hacer reparaciones... Ocúpate primero de las piedras, de las cosas que realmente te importan. Establece tus prioridades, el resto sólo es arena”.

Uno de los estudiantes levanto la mano y le preguntó que representaba el café. El profesor sonrío y le dijo: “¡Me encanta que me hagas esa pregunta! El café es para demostrar que aunque tu vida te parezca llena, siempre hay un lugar para dos tazas de café con un amigo”.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Cuentos ajenos (III)

CUATRO COSAS QUE NO SE RECUPERAN

Una joven estaba esperando su vuelo en un gran aeropuerto. Como tenía mucho tiempo decidió comprar un libro y un paquete de galletas, para descansar y leer en alguna sala del aeropuerto. Se acababa de sentar cuando también lo hizo un hombre, dejando un asiento de por medio, que abrió una revista y empezó a leer; quedando entre ellos las galletas.

Cuando ella tomó la primera galleta, el hombre también tomó una. Ella se sintió indignada, pero no dijo nada; aunque pensó: "¡Qué descarado, que ganas me dan de darle un golpe para que escarmiente!".

Pero la cosa no quedó ahí. Cada vez que ella tomaba una galleta, el hombre también tomaba una. Aquello la iba indignando tanto que no conseguía concentrarse ni reaccionar.

Cuando quedaba sólo una galleta, pensó: "¿qué hará ahora este caradura?". Y entonces el hombre, que pareció adivinarle el pensamiento, dividió la última galleta y dejó una mitad para ella.

¡Ah, no! ... aquello ya era demasiado y se puso a bufar de rabia; por lo que cerró su libro, recogió sus cosas y salió disparada hacia su sector de embarque.

Una vez en el avión y más calmada, al mirar dentro de su bolso se quedó de piedra: ¡Allí estaba su paquete de galletas. . . intacto! ¡Qué vergüenza!

Sólo entonces se dio cuenta de su despiste y del juicio injusto que había hecho sobre un comportamiento generoso.

En efecto, el hombre había compartido sus galletas sin sentirse indignado, ni nervioso o alterado, y ya no había posibilidad de pedirle disculpas; pero sí de razonar:

¿Cuántas veces sacamos conclusiones apresuradas en nuestra vida, cuando debiéramos observar mejor? ¿a cuántas personas encasillamos en estereotipos, sin darles tiempo a explicar lo que quieren decir? ¿cuántas oportunidades perdemos de quedar mejor?

En ese momento se le vino a la cabeza un consejo que le dio su ya fallecida abuela:  "Recuerda siempre que existen cuatro cosas en la vida que no se recuperan":

- una piedra, después de haberla lanzado;
- una palabra, después de decirla;
- una oportunidad, después de haberla perdido; y
- el tiempo, una vez que ha pasado.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Cuentos ajenos (II)

¿Culpable o inocente?
Cuenta una antigua leyenda que en la Edad Media un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer. En realidad, el verdadero autor era una persona muy influyente del reino y por eso, desde el primer momento se procuró un chivo expiatorio para encubrir al culpable.

El hombre fue llevado a juicio ya conociendo que tendría escasa o nulas posibilidades de escapar al terrible veredicto, ¡la horca! . El juez que también estaba implicado intentaba dar todo el aspecto de un juicio justo; por ello dijo al acusado: " conociendo tu fama de hombre justo, vamos a dejar en tus manos tu destino, vamos a escribir en dos papeles separados las palabras culpable o inocente y tú escogerás siendo la mano de Dios la que decida tu destino, el juez había preparado dos papeles con la misma palabre, CULPABLE.
El juez indico al hombre que debia tomar uno de los papeles doblados. respiró profundamente, quedó en silencio unos cuantos segundos con los ojos cerrados y cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrio los ojos y con una extraña sonrisa tomó uno de los papeles y llevándolo a su boca lo engulló rápidamente.
Sorpendidos e indignados los presentes, le reprocharon airadamente. Pedro...¿qué ha hecho? y ahora...¿cómo vamos a saber el veredicto?. es muy sencillo respondió el hombre, es cuestión de leer el que queda y sabremos lo que ponía el que me tragué, de esta forma se salvo de una muerte segura.
Por más difícil que se nos presente una situación nunca dejemos de buscar la salida ni de luchar hasta el último momento, se creativo, cuando todo parezca perdido, usa la imaginación.
"En los momentos de crisis solo la imaginación es más importante que el conocimiento" Eisntein

Cuentos ajenos (I)

El teatro y el niño

En cierta ocasión, el actor principal de una compañía de teatro de aficionados tuvo un accidente. Esa misma tarde estrenaban en su ciudad un clásico de Calderón de la Barca. Para no cancelar la actuación, el director puso a un actor suplente.

Cuando la gente, el público, se enteró, mostró su disconformidad. Está claro, “yo he pagado para ver a los mejores actores”, decían.
El hizo lo que pudo, pero cuando terminó la obra, nadie le aplaudió. A punto estuvieron sus lágrimas de inundar su alma y hacer evidente su decepción.
De repente, una voz chillona salió del patio de butacas en mitad del silencio:
 ¡¡Bravo papa, bravo papa. Lo hiciste muy bien!!
Era la voz tierna de su hijo de seis años que, sentado con su madre, le estaba aplaudiendo. La gente se conmovió tanto que se pusieron de pie y le aplaudieron.