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martes, 3 de abril de 2012

Cuentos propios (VII)


39 escalones

El miedo se apoderó de mí en un instante. Fue cruzar el umbral de aquel pórtico y sentir un escalofrío que taladró mi columna vertebral desde los riñones hasta el occipital. Nunca otra vez había sentido algo parecido. Era un miedo extraño porque, al mismo tiempo que el terror se comía los tuétanos de mis huesos, una extraña sensación me atría como un imán imaginario hacia el interior de esa vieja iglesia en ruinas. Piedras blancas y restos de las viejas maderas que compusieron la techumbre eran el único panorama delante de mis ojos.
Eso y la escalera de caracol que subía hacia lo alto de la torre. Sin saber cómo todavía, mis pies empezaron a subir, uno a uno, los 39 escalones. No sé como mi cabeza empezó a maquinar y de repente me llegó la imagen de los 39 latigazos a Cristo en el patio del tribunal que le condenó.
Al llegar a lo más alto tuve que apoyarme en la pared para no caer por el vano que se abría al norte. Un frío espectral me recorrió… y no recuerdo más.
Cuando abrí los ojos sólo vi el último escalón. El 39. Nadie fue capaz de decirme que sí caí al vacío por aquel vano que daba al norte; pero tampoco que en aquel escalón 39 un alma buena me rescató de la muerte.
Tiempo después volví a aquella ruina y a aquella torre y a ver aquella escalera de caracol. Y ascendí de nuevo los 39 escalones. Al llegar al último algo llamó mi atención. No era de piedra como los demás. Era una losa de mármol blanco con mi nombre, mi fecha de nacimiento y la fecha de mi muerte.




Me he prometido no volver allí. Ahora sé cuando voy a morir., aunque... quizá ya esté muerto.

martes, 7 de febrero de 2012

Cuentos propios (VI)

Zooántropo

Intentó hablar, pronunciar cualquier palabra, pero no pudo.Sólo salía de su garganta una especie de lamento a mitad de camino entre una 'a' y una 'u', que ni él mismo podía descifrar.
Estaba frente a la verja oxidada de algo parecido a un parque pues oía el ulular del viento entre las ramas de unos viejos cipreses, pero la oscuridad no le dejaba ver más allá de esa vieja puerta de hierro cincelada y adornada con volutas rococós. Al menos eso parecía al tacto porque la noche le envolvió en una vorágine de ruidos y sueños que quedaron enredados en los alambre de espino que partían de la puerta.
Lo intentó de nuevo 'aaaa' 'uuuu'. Nada. Impsible.
Al fondo una luz anaranjada parecía salir del horizonte, como queriendo liberarse de la opresión maldita del dios de la oscuridad. Y a medida que crecía la luz sus articulaciones perdían la frescura y la sensiblidad. La luz se tornaba amarillenta y él notaba su piel más áspera, rugosa, endurecida.
El viento agitaba con más fuerza las ramas de los árboles. La luz se hizo intensa y coronó el cielo. Al mirar al horizonte, a través de la verja, vio su propia tumba. La luz le cegó y por fin pudo soltar el grito que su garganta había ahogado durante horas. ¡Auuuuuuuuuuuuuuuu!

miércoles, 4 de enero de 2012

Cuentos propios (V)

Doce campanadas

Se me caían los ojos de sueño. En realidad no era sueño, puede ser que fuera aburrimiento. Por la autopista no circulaba nadie. ¿Quién va a hacerlo en Nochevieja? El viejo transistor a pilas que tenía en la cabina del peaje voceaba que quedaban unos minutos para las campanadas. 2013 estaba a punto de llegar.
La niebla era tan espesa que se podía cortar. Apenas, desde mi aposento, podía ver la entrada de la autopista. De repente, a lo lejos vi reflejarse los faros de un coche. Me puse alerta, debía de salir por mi peaje. Estire la espalda al mismo tiempo que veía avanzar dos potentes focos que se acercaban a la garita. Era un viejo Renault 8. ¿Quién viaja hoy en un R8 de hace 35 años?, mascullé.
Traía la música muy alta. Se podía escuchar desde mi posición. El conductor bajó la ventanilla. Me asusté. Su rostro estaba desfigurado. Parecía tener una máscara de cera que se derretía poco a poco. Con voz ronca se dirigio a mí:
 - ¡Qué noche tan horrorosa, amigo!, me dijo extendiendo un billete de 20 euros.
Sin saber qué decir, asentí con la cabeza y le alcancé las vueltas hasta completar los 9,30 euros del importe. Oí la primera campanada.
- Llega el año nuevo, amigo. Que tenga buena noche. -Me dijo con ese ronco acento con el que me hablaba.
Al extender la mano para entregarle el cambio, me agarró por la muñeca de la mano izquierda y hábilmente ató una cuerda a mi brazo. Angustiado oía campanada tras campanada. El hombre desfigurado cerró la ventanilla por la que sobresalía la cuerda con la que me había atado. Yo ya había abierto la barrera del peaje y salió a toda velocidad  mientras la cuerda iba dejando hilo y más hilo atada a mi mano izquierda. Grité todo lo que pude, pedí socorro, nadie me oía. Ocho, nueve campañadas... mis sollozos eran eternos.
-¡No! ¡No! ¡No quiero morir!..... La niebla me envolvía.... Diez, once campanadas....
Doce campanadas.